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DE MINIFALDA Y ESTILETOS (FIC DE GUERRA) POR THALIA.

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GEZABEL

GEZABEL
Guerrera de Lakewood
Guerrera de Lakewood

De Minifalda y Estiletos
(Por Thalía)



Me encanta cuando ella usa aquella minifalda de cuero negro.
Sus piernas no son muy largas, la mujer que yo amo es más bien pettite, pero con aquella faldita y esos estiletos, sus piernas se ven interminables.
Sus muslos perfectos y dorados que se contraen con cada paso, sus pantorrillas esbeltas y el hueco interior de su rodilla…
No me avergüenza admitirlo: Tengo un fetiche con sus piernas.
Cada vez que le hago el amor tengo que acariciarlas, besarlas, lamerlas completamente.
El resto de su cuerpo puede reclamar mis besos, su sexo mismo podría exigir mi atención; pero por mí fuera, haría el amor solo a sus piernas.
No es que rechace el sexo oral, definitivamente pasear mi lengua por aquella deliciosa fruta rosada y sentir su sabor excitante es para mí el cielo y sus senos hermosos de pezones oscuros me hacen perder el control…, pero para mí los juegos previos son en sus piernas.

De frente, de espaldas; en la posición que ella lo desee, siempre son sus piernas las que me llaman a adorarlas por completo.
Desde sus muslos, o sus nalgas mejor aún; pasando por sus rodillas hasta llegar a sus pies donde incluso el espacio que hay entre cada uno de sus dedos es para mí una obsesión, mi lengua, mi boca, mis dientes; se divierten con cada palmo de firme piel dorada y ella goza porque sabe que sus risitas y gemidos me ponen a mil.

Hoy se la ha puesto de nuevo, y ella sabe perfectamente lo que provoca cuando se la coloca.
Vamos en mi auto y no me retiro los lentes de sol porque no quiero que me reconozcan.
Fotografías de cotilleo es lo menos en lo que deseo pensar cuando le hago el amor a mi diosa de piernas de cobre.
Con una sonrisa me dice que detenga el auto cerca de una bodega, no sé lo que tiene en mente pero esa sonrisa siempre es buena noticia.
Lo hace a propósito, lo único que desea es que mire su nalguita brincona mientras se aleja caminando como si pisara huevos, como aquellos caballos de paso, meneando toda esa cadera dentro de aquella faldita.

Vuelve a los pocos minutos con una bolsa, ya sé lo que trae… Sí, definitivamente esta traviesa a mi no me puede engañar.
Es que el vino rosa no puede faltar para una noche de pasión.

¡¡Criminal!! ¿Es capáz de cruzar las piernas de ese modo mientras conduzco? Creo que con tamaña distracción sería prudente bajar la velocidad… pero, si lo hago, tardaríamos más en llegar y no aguanto más el apretón dentro de mis pantalones.

Buenas tardes Sr. Grandchester dice el botones cuando entramos al edificio; tengo que darle una mirada dura para que deje de mirar lo que está mirando; para que deje de mirar lo que es mío.

Doblando el pasillo no aguanto más, la agarro por la cadera y pego sus glúteos a mi miembro para que sienta incluso a través de la ropa, como me tiene.
Ella ríe, siempre se ríe de mí cuando sabe que me trae de la cadena del perro detrás suyo.
Mientras esperamos el ascensor, su mano se desliza hasta el bulto entre mis piernas y yo deseo sentir la piel de sus nalgas bajo la falda, pero me lo impide…

Buenas tardes! dice ella en voz alta, para que me percate que tenemos cerca un par de vecinos.
“Modérate” me dice en un susurro, pongo cara de ¿¿Yoooo?? … ¡será sinvergüenza! si es ella la que está mandándome mano a mansalva luego de desfilarme con esa minúscula faldita que sabe que me pone mal.

El ascensor llega y entramos; yo lo cierro antes de que a algún meterete se le ocurra la grandiosa idea de meterse en el ascensor con nosotros.
Lo pasaría mal… o muy bien dependiendo de quien sea, ya que ni si quiera ojos curiosos me detendrían de reclamar lo que es mío.

Ella sabe lo que sigue; sinvergüenza, jugadora… ¡¡Gata!! ¿Tienes el tupé de mirarme así y sonreírme de ese modo? ¿Acaso me estás desafiando?

La agarro de la cintura con tanta violencia que casi deja caer la botella de vino; no me importa.
La beso con tanto deseo que si mi lengua fuera más larga la ahogaría sin duda, pero a ella parece no importarle pues me agarra de la solapa de la chaqueta y me atrae hacia ella como si quisiera que me le metiera dentro literalmente a través de ese beso.

Mis manos no tienen control; las meto bajo la falda y recorro sus preciosas nalgas sobando y masajeando y me doy cuenta que … ¡¡no tiene ropa interior!!

Mientras beso su cuello río y ella sabe el motivo de mi risa.

Eres una sinvergüenza… le susurro al oído mientras mordisqueo su oreja.

Mi mano viaja hacia el frente de su cuerpo y descubro que ya la tengo donde quiero, la humedad que moja sus finísimos vellos me lo indican y es como un grito en el oído para todos mis sentidos.

No puedo evitarlo y hago lo que sé que no debo hacer ahí; pero quiero verla, quiero oírla, quiero escuchar eso que para mí es la antesala de la gloria.

Sus ojos se aprietan y sus labios se entreabren; su cabeza se echa para atrás y una especie de espasmo recorre su cuerpo aferrado a mí mientras eso que yo quiero, ese delicioso gemido casi grito se escapa de su garganta cuando uno de mis dedos se introducen entre sus pliegues para tocar el estratégico punto que yo sé que la enloquece.

El ascensor se detiene y la puerta se abre. Gracias a dios no había nadie esperando sino, muy mal nos hubiéramos visto.

Ella se apoya en el dintel de la puerta y cruza los pies mientras yo busco en mi bolsillo las llaves… ¡Mier…! Estoy tan ansioso que se me caen al piso, la miro reírse de mí; pero ya me las va a pagar.

Abro la puerta y hago una exagerada caravana invitando a entrar a la bella dama a mis dominios.
No la dejo avanzar mucho.
Cierro la puerta de un tirón y me abalanzo a ella a tomarla por la cintura.
La botella de vino cae, pero la alfombra es mullida y la protege.
La beso con pasión mientras la arrimo a la pared y ella violentamente me quita la chaqueta, una de sus piernas se enreda en mi cadera mientras de su blusa poco queda y la lucha es ahora contra su brassier; ella misma suelta los broches mientras yo muerdo sus pezones a través de la seda de la prenda.

Va a quitarse la faldita pero la detengo.

Ella me mira extrañada; pero yo le sonrío maliciosamente mientras lentamente meneo mi cabeza negativamente.
Simplemente tomo el filo de la falda y la elevo lentamente hasta dejarla enredada en su cintura dejándola completamente desprotegida.

Me apodero de su cuello mientras ella va soltando los botones de mi camisa y me despoja de ella.
Sus preciosos pechos y ¡oh esos pezones! Son propiedad de mi lengua mientras sus manos pelean con mi cinturón; suelta el botón e introduce su mano hasta aferrar mi miembro y lo masajea suavemente.

¡Jamás pensé que podría estar tan duro como ahora!

Lentamente mis labios comienzan a recorrer su torso, su cintura, su vientre.
De rodillas ante ella comienzo a acariciar sus piernas, a besarlas, a mordisquearlas mientras ella ríe entre jadeos.
Tomo su pierna derecha y la levanto, mientras la acaricio y la beso; la acaricio y la beso…
Sigo besando a lo largo de todo su muslo hasta llegar a su ingle y el aroma de su humedad inunda mis fosas nasales exacerbando todas mis ganas como si no fuera suficiente.

Su mano se posa sobre mi cabeza suavemente y comienza a acariciar mis cabellos ; levanto la vista y veo su rostro pleno de deseo y pasión.
Su mano casi imperceptiblemente me acerca a ella, quiere guiar mi cabeza por aquel camino pero no desea ser demasiado obvia.
No hace falta, yo sé muy bien lo que desea y no voy a hacerla sufrir más.

Elevo esa pierna maravillosa y la coloco sobre mi hombro mientras mi lengua comienza a recorrer ese camino delicioso de su sexo; mis labios de apoderan de su clítoris que tiembla y se acrecienta en mi boca.

Escucho sus gemidos y sus jadeos. Mi nombre deliciosamente gemido de su boca es para mí el mejor halago y continúo devorando aquella fruta mientras mis manos continúan acariciando sus piernas.
Poco a poco siento su exitación crecer, su humedad moja mi barbilla y su aroma se vuelve más fuerte. Una de sus manos continúa acariciando mi cabeza mientras con la otra se agarra de lo que puede. El movimiento de su cadera es incesante, mis manos aferran sus glúteos para evitar que se escape de mí justo en este momento crucial. Sé que está a punto.

Con un grito desesperado llega al máximo climax y siento cómo pierde el equilibrio gracias al temblor general que se apodera de su cuerpo.

Tomen nota chicas: recibir sexo oral de pie sobre estiletos de doce centímetros podría no ser muy buena idea.

Afortunadamente mis manos están ahí para protegerla de una caída segura y antes de que pueda reaccionar la tomo de las nalgas y me la enredo en la cadera.

Ríe… cómo ríe mi diosa mientras devoro su cuello y ella enreda aún más sus muslos en mí, apretándome, aprisionándome… La gloria!!!

Aún con sus deliciosos jadeos en mi oído la llevo hasta la mesa de la cocina.
Quiero acostarla pero ella no se deja, se apoya en sus manos mientras me mira así, como ella sabe que me enloquece y lentamente, felinamente, levanta una de sus piernas hasta colocarla sobre mi hombro… luego hace lo mismo con la otra.

¡Benditas sean las clases de expresión corporal que la han hecho tan elástica!
Con sus piernas casi alrededor de mi cuello, me atrae hacia sí y yo no me resisto.
Una de sus manos me aferra del cabello para besarme con pasión desmedida, para bajar luego lentamente con la punta de su lengua por mi cuello hasta mi oreja; gracias a ella descubrí que ese es uno de mis puntos más sensibles.

Que me lo pida pienso que me lo pida de una vez o me volveré loco

Baja una de sus piernas y la enreda en mi cadera de nuevo atrayéndome a sí; sé que lo desea tanto como yo pero…

Dímelo Fathmé… pídemelo… le digo ya desesperado.

Ella ríe una vez más mientras su lengua comienza a torturar mi oreja.

Penétrame Terry… ¡hazlo ahora! escucho ¡por fin! en un ligero susurro. Esa es mi señal, esa es la orden que yo sigo ciegamente sin protesta y sin espera.

Apoyada con sus brazos, arquea la espalda mientras mis labios recorren aquella pierna que quedó sobre mi hombro y una de mis manos libera al monstruo que clama libertad al mismo tiempo que esclavismo.
Estoy duro, demasiado. Es casi doloroso pero no puedo apresurarme.

Con placer veo como echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos al sentir apenas la punta de mi miembro a las puertas de su cielo; delicadamente empujo y observo su rostro transfigurado de placer con esa sonrisa en sus labios entreabiertos, mientras los suspiros se escapan de su garganta y, a medida que empujo con más fuerza, se vuelven gemidos… maullidos de mi gata en celo.

Sus uñas en mi espalda, mis dientes en sus labios… más que amar es una batalla salvaje, una batalla donde termino vencido y triunfador al mismo tiempo.

Al final de varias horas, en las cuales la sala, el sofá y hasta la alfombra conocieron las mil y una posiciones en que mi pequeña gata es capaz de llevarme al Edén, yazco sobre la cama húmeda y revuelta, completamente exhausto… pero no harto.

Su espalda dorada llama mi atención, mi mano se pasea por todo el perfil de su cuerpo.
Me incorporo y comienzo a besar sus hombros, su espalda, su cintura, hasta llegar a las dos elevaciones carnosas que son mi perdición.

Son tan hermosas!! Mientras las beso y las mordisqueo ella ríe y me mira.
Sus ojazos negros se posan en mi y me sonría.

¡La amo! No sé si se lo he dicho alguna vez, creo que no, a veces pienso que no hace falta, creo que ella lo sabe de sobra.
Me recuesto sobre todo lo largo de su espalda y nuestros rostros quedan juntos; así, en esta posición beso su boca dulce como la miel y meto mis manos bajo ella para acariciar sus pequeños senos perfectos.

¡Qué cansancio! Sé que ella está igual de agotada que yo, y sin embargo, con mi pene apretado contra sus nalgas siento que mi cuerpo vuelve a torturarme con la exigencia de poseerla nuevamente y otra vez, y otra vez, y otra vez…

Esta mujer me tiene embrujado, no hay otra explicación, no hayo otra respuesta.
Definitivamente pesa sobre mi alguna especie de hechizo que se conjura con mucha más fuerza cada vez que ella usa aquella minúscula faldita de cuero que se le entalla a las caderas como si la trajera pintada.

Con un rápido movimiento se coloca boca arriba estando aun debajo de mí.
Con uno de esos movimientos felinos que le han dado años de clases de ballet, estira sus piernas y las abre al máximo, luego las eleva y las coloca sobre mis hombros y vuelve a maúllar mi nombre así… así como me gusta.

Gata, bruja… vas a matarme mujer, pero poco me importa.

No hay paz, no hay tregua. Solo pasión, ardor, deseo.
Mi diosa… mi diosa de piernas de cobre…
Mi dueña.


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