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 » El Ciber Hogar de Pony » GUERRA FLORIDA 2015 » **Musas Ardley**Medianoche, Patricia y Alistair. Capítulo 7**Apología No. 12 para Stear y Patty**Twilight/Candy Candy**

**Musas Ardley**Medianoche, Patricia y Alistair. Capítulo 7**Apología No. 12 para Stear y Patty**Twilight/Candy Candy**

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Sabrina Cornwell

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Niño/a del Hogar de Pony
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Aquí están las ligas a PRESENTACIÓN, CAPÍTULO 1, CAPÍTULO 2, CAPÍTULO 3, CAPÍTULO 4, CAPÍTULO 5, CAPÍTULO 6

**Musas Ardley**Medianoche, Patricia y Alistair. Capítulo 7**Apología No. 12 para Stear y Patty**Twilight/Candy Candy**



Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Mizuki, Igarashi y, en este caso, a Stephenie Meyer.


Columbus, Ohio; 1920


Ya caía la noche cuando una pareja caminaba por la calle que llevaba a la casa de los Cullen. Su vestimenta no era nada elegante, sin embargo la pareja destacaba: él era alto y fornido, de brillante cabello negro y la chica era menudita de lindo cabello castaño, con una figura bastante atractiva; ambos eran muy blancos y tenían los ojos de un dorado brillante. Se habían esforzado por alimentarse de animales antes de presentarse ante sus anfitriones y no llamar la atención en las calles con dos pares de ojos rojo intenso y no podían arriesgarse a que esos ojos se oscurecieran. Cargaban un par de maletas, así que era probable que su intención fuera pasar unos días con los Cullen.

Desde afuera se escuchaba la práctica de piano de Edward Cullen, lo cual despertó sentimientos de añoranza en Patricia.

–¡Que bien toca! Me hizo extrañar a Annie, me pregunto si Alistair ya la dejará practicar un poco más. Es más, me dieron ganas de volver a practicar el violín, en Florida lo hice un par de veces.
–Si ellos aceptan que pasemos aquí una temporada te compraremos uno, podrás hacer dueto con Edward –dijo Stear–. Escucha ya dejó de tocar, toquemos.

Muy apenas habían hecho sonar el timbre cuando la puerta se abrió. Stear saludó y presentó a su mujer, Edward los invitó a pasar. Como la primera vez que el inventor había estado ahí, Patricia se maravilló de lo ordenada y normal que lucía la casa. Ella siempre había sido una chica hogareña y había soñado con tener una hogar así, junto a Stear, un santuario en donde ella se encargaría de hacerlo feliz a él y a los hijos que había deseado tener. Estando ahí sentada, vestida apropiadamente, platicando de cosas tan normales como las últimas novedades de la sociedad de Chicago, los planes de Edward de ir a la universidad en Wisconsin, lugar al que se mudarían al año siguiente, de repente no le pareció una idea tan descabellada poder portarse un poco más… humana.

Más tarde llegó Carlisle Cullen, y conversaron un rato sobre todo lo que había sucedido desde la última vez que Stear los había visitado: la decisión de Patricia, su conversión, los arreglos que había hecho con el patriarca de su clan.

Carlisle observaba maravillado a la pareja, era muy evidente lo felices que eran y el cambio en Stear era muy notorio. Desde la primera vez le había parecido un muchacho alegre, pero ahora se le veía completamente pleno. Eso le hizo sentir una punzada de melancolía, durante siglos había estado muy solo y si bien los dos últimos años su soledad se había visto aliviada por la compañía de Edward, ver a la feliz pareja le hizo reconocer que él también deseaba algo así. Cuando humano siempre había asumido que se casaría cuando su padre así lo dispusiera y seguramente sería con la hija de algún otro pastor, después de su conversión creyó que ya nada de eso sería posible, no encontraría a alguien a quien amar o que lo amara a él. “No debo perder la esperanza”, se dijo a sí mismo, “si encontré a Edward y ellos dos lograron reunirse, tal vez haya alguien para mí”.

En algún momento de la plática Patricia dijo:

–Doctor, Edward, debo felicitarlos por la hermosa casa que tienen, es un verdadero hogar. Justo como a mí me hubiera gustado tenerla, si me hubiera podido casar.
–Muchas gracias Patricia, espero que acepten quedarse un tiempo así nos ayudarás a darle el toque femenino –agradeció Carlisle–. Pero, ¿por qué dices hubiera? Con respecto a la casa, según entiendo tienen el respaldo económico de los negocios del clan Ardley y en cuanto a lo de casarse, respeto si deciden no hacerlo pero si eso quieren ¿por qué no?
–Es que no creo que sea apropiado que dos seres como nosotros entremos a una iglesia… –comentó una titubeante Patricia.
–No arderán en llamas si lo hacen –dijo Edward–. Hace dos meses Carlisle y yo fuimos a la boda de un compañero de trabajo de él y míranos, aquí estamos.
–¿En serio? –preguntó la chica, los dos vampiros asintieron–. Aun así, no sé si me sentiría bien haciendo promesas con un nombre falso ante un altar.
–Siempre podrán ir al ayuntamiento, tal vez no sea lo que siempre has deseado pero lo hace oficial –agregó Carlisle.
–Es verdad, no había pensado en esa posibilidad –ante los ánimos que recibía, Patricia se aventuró a contarles su otro deseo–. Hay algo más que me gustaría hacer para completar mi felicidad, espero que me puedan orientar.
–Claro, dinos.
–Me gustaría convertir a un niño o una niña –ante la mirada de horror del médico, se apresuró a añadir–. No lo robaríamos ni nada, buscaríamos una criatura abandonada o que los médicos ya no pudieran hacer nada por salvarlo.
–No Patricia, ¡por lo que más quieras no hagas eso jamás!
–¿P–p–por qué? –preguntó asustada y confusa ante el arranque del tranquilo Carlisle.
–Es algo que los Volturi castigan muy severamente, significaría la muerte segura para Stear, tú y la criatura. Sucede que el niño o la niña, jamás maduran y resulta prácticamente imposible controlarlos. Por mucho que trataran de ocultarlo, tarde o temprano ocurriría alguna catástrofe y los italianos intervendrían de inmediato. Tal vez puedas adoptar a alguien mayor –agregó tras notar el desencanto en el dulce rostro–. Como yo a Edward. ¿Qué edad tienen?
–Veintiuno –dijeron al unísono Patty y Stear y luego se miraron.
–Es la edad que tenía cuando me convirtieron –dijo Stear.                  
–Yo también. No había caído en la cuenta que ahora tenemos la misma edad.
–Yo solía ser cuatro años mayor que ella –Stear se dirigió a los Cullen, tomando la mano de Patty y besándola, de inmediato se percató de su tristeza al saber lo del bebé–. No estés triste mi amor, al menos podremos casarnos. Ya encontraremos la manera, te lo prometo –la ágil mente de Stear voló hacia los pequeños miembros del clan.
–Así es Patty, piensa en la eternidad que ahora tienes para compartir con Stear y además ¡tienes una boda qué planear! –la consoló Carlisle–. ¿Tienes algún documento de identidad para presentarte en el juzgado?
–Creo que sí –respondió y volteó a ver a Stear.
–El detalle es que los documentos que tenemos están a nombre de Patricia Scott, como si ya estuviéramos casados, yo sí tengo un pasaporte a nombre de Alexander Scott.
–Eso se puede solucionar, yo conozco a alguien que nos podría ayudar, lo llamaré hoy mismo si gustan –la pareja asintió entusiasmada–. Bien, ¿qué apellido debo indicar Patricia?
–No lo sé, no me gustaría usar O’Brien, podría llamar la atención.
–Me honraría mucho si usaras aunque fuera brevemente el apellido Cullen. Incluso Edward y yo podríamos acompañarlos como testigos.

Ellos aceptaron de inmediato y decidieron que en cuanto les entregaran el documento irían a buscar la ropa adecuada para el evento. En el caso de Patricia, decidieron que lo mejor sería llevarla bien alimentada a alguna tienda muy poco concurrida; de esa forma, si algo salía mal el daño colateral sería mínimo.

Al día siguiente mientras Carlisle iba a trabajar y Edward practicaba el piano. Stear y Patty platicaban sobre lo que harían una vez casados. Justo se acababa de cumplir su año como vampira y los feroces impulsos comenzaban a ser manejables, además que la sangre de animales les permitía tener la mente más despejada.

–Sé que hay muchas cosas que no podemos hacer, pero hay algo que sí: ¡vamos de luna de miel! ¿A dónde quieres ir? –propuso un entusiasmado Stear.
–¡Mi amor! Eres tan lindo –dijo Patty, aún sin poderse reponer, en verdad le había ilusionado mucho la idea de tener una familia.
–Anda dime, ¿no te gustaría conocer París? Yo estuve en Francia y apenas pasé por ahí ¿puedes creerlo? –logró sacarle una breve sonrisa.
–Contigo me encantaría, también podemos ir a Londres, me gustaría volver a la ciudad donde nací y recorrerla con nuevos ojos. Jamás salí de noche a pasear.
–¡Perfecto! Podemos intentar ir en algún crucero. Una vez allá comprar un auto y así recorrer el continente. Le prometí a mi familia irlandesa que te llevaría si te convertía.
–¡Será maravilloso Stear! –poco a poco Patty se entusiasmaba–. Pasear por Londres, París, la campiña inglesa…
–Besarte en la cúspide de la torre Eiffel a medianoche…
–Bésame ahora –dijo Patty y él obedeció.

Los documentos estuvieron listos muy pronto, y Patricia se vio inmersa en la preparación de su boda, que si bien no iba a ser tan lujosa y concurrida como la de sus amigas, sería con el hombre que amaba. Un sentido femenino muy vanidoso, le hacía resentir la ausencia de detalles con los que había soñado desde niña: un hermoso vestido blanco, con un velo tenue y flores blancas, la marcha nupcial que su abuela había prometido acompañar junto con la orquesta que sus padres contrataran. Se decidió que Carlisle fungiera como su tío, de manera que él la entregaría en el Ayuntamiento.

Para distraerla un poco de la tristeza que sentía por la desilusión de no poder tener un bebé, Stear acabó por comprarle su tan deseado violín, y las noches que no salían a cazar, Edward y Patty se dedicaban a deleitar a sus dos compañeros con conciertos privados. En medio de la triste sonata No. 10 para violín y piano de Beethoven, Patty comenzó a sentir la angustia por su frustrada maternidad. Dio gracias a Dios que los vampiros no lloraban, o sus ojos, ahora con un hermosísimo color miel oscura, estarían desbordándose en lágrimas; los cerró y fingió concentrarse en tocar, siguiendo a Edward, quien sí supo, al leer sus pensamientos, qué era lo que la afligía. El joven vampiro no comentó nada, un poco incómodo por lo que leía en la joven mujer y respetando el deseo de Patricia de mantener sus sentimientos para ella. Sin embargo, al día siguiente, mientras Carlisle y Stear salían al Ayuntamiento, a fin de entregar la documentación para la boda, Edward y Patricia se quedaron solos, a fin de comenzar a decorar la casa con la profusión de flores que Carlisle había encargado a una exclusiva florería.  Edward aprovechó el momento para hablar con la chica.

–Patricia, sigues triste por no poder ser madre, ¿verdad? –comenzó con voz suave, mientras le ayudaba a formar guirnaldas que adornarían las puertas de la casa.

–Lo siento, sé que no debería sentirme así, pero… han sido tantos cambios –replicó Patricia.

Conociendo el don del vampiro de cabello color bronce que leía el pensamiento, no entró en detalles sobre cómo se enteraría de lo que le sucedía.

–Me siento culpable por sentirme tan triste –continuó la mujer–. Debería ser suficiente con estar al lado de Stear, después de creerlo muerto y de sentir que mi vida no tenía sentido alguno.

Un par de flores fueron las víctimas, ya que Patricia las trituró entre sus finos dedos.

–Yo pienso que es natural que todavía extrañemos el mundo en que vivimos –le dijo Edward con una sonrisa algo torcida y que tuvo efecto en la chica, al sonreírle a su vez–. Y  más en tu caso y en el de Stear, puesto que sus seres queridos todavía viven; en el mío… bueno, pues sólo tenía a mis padres y yo era hijo único, así que en cierta forma, ha sido más fácil adaptarme.

Edward le contó además, su deseo de ir voluntario a la guerra, ante lo cual Patricia experimentó un estremecimiento, recordando lo sucedido a Stear.

–Sólo que no cumplí los dieciocho años, así que no pude presentar mi solicitud –la sonrisa fue ligeramente amarga–. La influenza española se encargó de cambiar mi existencia.

¿Y Carlisle? –preguntó Patricia en la mente.

Le estaba gustando, hasta cierto punto, no tener que externar con palabras sus peticiones, puesto que para Edward era más fácil leer la mente.

–Bueno, en el caso de él, los siglos de experiencia y existencia como vampiro, más su sentido moral le han arrastrado a una soledad impresionante –comentó.

Mientras hablaban, se dedicaban a trenzar las flores y continuaron preparando floreros.

–Su inmenso amor hacia el prójimo fue lo que lo impulsó, desde que le convirtieron, a no beber jamás sangre humana –continuó–. Además, al ser convertido en el siglo XV, prácticamente se consideró un monstruo –inhaló profundamente para continuar–. Incluso, trató de suicidarse.

Patricia se quedó de una pieza, con el florero en las manos, puesto que ella podía entender muy bien la desesperación de Carlisle Cullen que le orillara a buscar la muerte. Si no hubiera sido por Stear…

Edward le miró con ojos compasivos y sin mover músculo alguno, hasta que Patricia se relajó.

–No lo logró, obviamente, pero descubrió que si bebía sangre animal podía saciar la sed. Lo admiro –confesó Edward–. Yo jamás he bebido de un ser humano, pero la tentación es enorme.

Si los vampiros se ruborizaran, Patricia lo hubiera hecho en ese momento, más recordando la voracidad de sus primeros meses. Edward se mostró comprensivo, no deseaba juzgar los motivos y razones de los demás.

–No te preocupes, lo importante es que han decidido volverse vegetarianos –rió ligero y el sonido de campanillas de Patricia le acompañó–. En cuanto a lo de los hijos y la familia –la sonrisa se volvió afectuosa–. Ya ves, Carlisle supo aprovechar la oportunidad de hacerse de un hijo. Así que tienes toda la eternidad para buscar la mejor solución a tu dilema.

Patricia sonrió mucho más tranquila. Sí, Edward tenía razón, tenían la eternidad por delante para resolver algo así. Tal vez incluso podrían adoptar un niño pequeño, dejarle llegar a la edad adulta y entonces convertirle, o como lo había hecho Carlisle, buscar a alguien que los dos consideraran un hijo o una hija, y convertirle. Había todo un mundo de posibilidades. El universo era suyo, y sabrían aprovecharlo.


La elección del vestido también había causado cierto revuelo, pues los tres vampiros varones habían acompañado a la única mujer de su improvisado clan a la exclusiva boutique, casi para la hora del cierre, a fin de elegir el modelo que ella deseara. La dependienta se extrañó sobremanera de que la novia fuera acompañada de “sus tíos” y su novio (según creyó entender), pues por lo regular, eran mujeres quienes se presentaban para esos menesteres. La chica no aceptó ninguna ayuda para cambiarse en el solitario guardarropa, sino que se vistió y salió a modelar varios trajes, ante cierta diversión de quienes asistían, ya que un resignado Stear mantenía los ojos cerrados con las manos.

–Recuerda que el novio no tiene que ver el traje de la novia antes de la ceremonia –le había dicho Patty.

Carlisle y Edward fueron quienes opinaron sobre el traje de novia, el más joven la animaba por modelos más juveniles y descubiertos mientras que Carlisle sugería estilos más sobrios. Al final se decidieron por un muy moderno vestido suelto sin mangas en color perla, con muchas aplicaciones de pedrería y que llegaba a los tobillos; acompañado de un tocado decorado con plumas, perlas y más pedrería. Por otro lado, el traje de Stear consistió simplemente en un elegante frac en color negro.

El día de la boda, Alistair le dio una gran sorpresa a su novia, sabiendo lo que ella había anhelado lucir el tartán Ardley en su traje de novia, había telefoneado a Albert, quien se apresuró a mandar la prenda, junto con sus felicitaciones. Gracias a que la ceremonia era muy íntima (prácticamente los Cullen y los novios, amén de los asistentes al Ayuntamiento que se llegaron a asomarse para ver qué sucedía e impresionados por la guapura de los vampiros), Patty vio satisfecho su deseo.

–¡Gracias, amor mío! –la voz le temblaba emocionada.

Todo había pasado a segundo término al volverse oficialmente la señora Scott, ahora eran realmente marido y mujer y había una serie de documentos legales que lo confirmaban. No pasaron mucho tiempo antes de decidirse a ir a Europa, embarcados en un lujoso transatlántico.

La despedida de los Cullen fue emotiva, Patricia abrazó efusivamente a los dos vampiros, rubio y pelirrojo.

–Han sido tan buenos con nosotros, que no sé cómo vamos a pagarles todo esto –murmuró.

–Ha sido un placer tenerles con nosotros, y no se olviden de volver –Carlisle le dio una palmadita paternal–. Recuerda que eres mi sobrina.

Todos rieron divertidos, y los Cullen vieron a los Scott alejarse a toda prisa, para abordar el barco que les llevaría a su luna de miel. Por indicación de Carlisle, se alimentaron de la fauna marina durante el viaje, a fin de no despertar sospechas. Y pasaban gran parte del día encerrados en su camarote, respaldados en su posición de “recién casados” para justificar las pocas salidas a la cubierta.

Llegaron a Londres, donde la devastación todavía era visible, y pasaron casi de largo, a fin de primero pasar una romántica luna de miel en Francia. Se registraron en un discreto pero elegante hotel, pedían que les entregaran el desayuno en la habitación, mismo que guardaban y después regalaban a algún indigente, en cuanto caía la tarde salían a pasear y a recorrer la ciudad. En los días que estaba pronosticada lluvia, salían desde temprano y paseaban de día, si el sol amenazaba con salir permanecían cerca de algún museo y entraban en él si las nubes cedían. Por lo regular esas noches fingían dormir en el hotel y salían a cazar al campo. Los momentos que pasaban en la habitación normalmente se dividían entre amarse con pasión, leer distintos diarios para saber qué pasaba en el resto del mundo y, en el caso de Stear, fabricar dos hermosos juguetes que deseaban enviar a sus sobrinos para que los recibieran como regalo de los Reyes Magos.

Ya se acercaba el momento en que abandonarían la Ciudad Luz, para recorrer el continente buscando a los irlandeses; habían calculado el tiempo para dedicar unos días a su búsqueda y luego llegar a Londres, desde donde enviarían el paquete para que los pequeños Anthony y Alistair los recibieran a tiempo. Una noche que caminaban de regreso de una función de ópera Stear exclamó:

–¡Patty! ¡Hay luna llena! –dijo y señaló el cielo.

–Es hermosa, mi amor.

–Recuerda lo que te había prometido –y la arrastró con dirección a la torre Eiffel.

Una vez ahí se aseguraron que no hubiera nadie y treparon por dentro de la estructura de la torre. En el punto más alto, abrazados contemplaron extasiados la belleza de la ciudad, al menos Patricia eso hacía, Stear consultaba su reloj de tanto en tanto. Con su fino oído, ambos notaron cuando los campanarios de distintas iglesias comenzaron a dar la hora. Stear tomó la barbilla de Patty con su dedo índice y la hizo voltear a verlo, la miró a los ojos, lleno de amor.

–Ya es medianoche –y sin esperar respuesta la besó con la radiante luna llena reflejada en sus pieles de alabastro.



FIN.

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Lady Lyuva Sol/Sabrina Cornwell


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Agradecimientos:

A Lady Lyuva Sol (de parte de Sabrina Cornwell), por compartir conmigo tu talento inigualable entre otras muchas cosas y sobre todo, por tu bella amistad.

A Sabrina Cornwell (de parte de Lady Lyuva), por permitirme acompañarte en esta locura que nos ha hecho grandes amigas.

A Marce Andrew y Moreneta por su aportación para que este trabajo luciera espléndido.

A todas las que nos leyeron, muchas gracias por su paciencia y por su tiempo.



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Habrá un REGALITO por leer este fic y si les gustaron Stear y Patty como vampiros, estén al pendientes de sus aventuras en FF.

Lady Lyuva

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Niño/a del Hogar de Pony
Niño/a del Hogar de Pony
Beso a medianoche! Guau!

AnaEdith

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Niño/a del Hogar de Pony
Niño/a del Hogar de Pony
Ahhhhhh... Qué historia! Gracias por obsequiarnos una historia tan bien escrita. Me encantó.. Espero verla en FF también.

GEZABEL

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Guerrera de Lakewood
Guerrera de Lakewood
Ando corriendo ahorita, pero mañana seguro me termino este fic ya mas calmadita


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 photo Gezabel2017_zpsmiypoxsh.png

Friditas

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Niño/a del Hogar de Pony
Niño/a del Hogar de Pony
Super final, hermoso, romántico muy bien escrito.
Por supuesto que quiero leer más de esta pareja.
Muchas felicidades a ambas un equipo excelente para un trabajo brillante y muy original

Nadia M Andrew

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Niño/a del Hogar de Pony
Niño/a del Hogar de Pony
Excelente trabajo chicas!

Chiquita Andrew

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Niño/a del Hogar de Pony
Niño/a del Hogar de Pony
Que romantico final, me encanto todo chicas felicidades

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