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Divinas Místicas de Terry concluyen sus historias en esta ocasión Psiquie continúa con Amor Propio Capítulo 7 Temor

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Adry Grandchester

Adry Grandchester
Niño/a del Hogar de Pony
Niño/a del Hogar de Pony
Divinas Místicas de Terry concluyen sus historias en esta ocasión Psiquie continúa con Amor Propio Capítulo 7 Temor  Amor_p20

Portada elaborada por la Divina Mist/Byul Hye







Amor Propio
Capítulo VII Temor





Albert observó satisfecho la respuesta de su amigo, era lo que necesitaba para acorralar a Candy y que explicara los motivos de su abrupto compromiso con el menor de sus sobrinos, así como el distanciamiento de su casi hermana Annie Britter, era más que obvio que lo último que quería era exponer a la rubia a otro desengaño o generar falsas expectativas con Terry, pero él sabía que esa, aunque drástica, era la mejor forma de saber qué estaba sucediendo.

— ¡Bien Terry! He de confesarte que me alegra saber lo que me dices, siempre estuve seguro de la fuerza de su amor, del sacrificio que ambos hicieron, pero sobre todo de la nobleza de sus almas. No podía arriesgar a Candy a otra decepción, tenía que estar seguro de que ahora si las cosas serían diferentes entre ustedes —Reconoció el rubio, mirando fijamente a su interlocutor. — ¡Ahora sí! Puedo sincerarme y hablar contigo de mis temores para que juntos encontremos una forma de saber el motivo de ese compromiso tan apresurado —

El castaño abrió los ojos, ¡Había entendido bien! ¿Apresurado? —Cuestionó fue entonces que recordó lo que Annie le había dicho, apretando el papel que todavía se encontraba en la bolsa de su pantalón — ¿Cómo es eso Albert? —Preguntó acercándose inquieto a su amigo — ¡Así como lo escuchas! ¡Apresurado! Sucede que hace más o menos dos meses que Archie vino a decirme que Candy lo había aceptado como esposo y que se casarían lo más pronto posible, cuando le pregunté a qué se debía la prisa, él sólo me dijo que era lo que los dos querían. Cuando hablé con Candy, me dijo exactamente lo mismo, desde entonces me rehúye, creo que no quiere hablar mucho por temor a decir algo que han acordado mantener en secreto, algo que involucra también a Annie, quien se niega a conversar conmigo, ¡No sé, Terry! ¡Hay algo extraño en todo esto! —Concluyó el magnate.

— ¿No entiendo, entonces Albert? ¿Por qué Candy quiere casarse? ¡Tal vez si está enamorada de él! Y nosotros estamos tratando de impedir que sea feliz —Expuso Terry dubitativo con un dejo de tristeza en sus ojos — ¡No, amigo! ¡No te confundas! ¡Yo he realizado mis propias investigaciones y estoy seguro de que su corazón todavía te pertenece! No te diré más para no incrementar tu ego de jodido arrogante, pero ten la seguridad de que así es — Sonriendo reveló el rubio
— ¿Pero, entonces? ¿Qué tienes planeado? —Inquirió el inglés —Lo único que te puedo decir es que tenemos que saber qué pasó entre esos tres, conociendo a Candy no descartaría un nuevo sacrificio, porque he de decirte que Annie no ha vuelto a poner un pie en la mansión, cuando fui a verla, su madre me la negó diciendo que estaba indispuesta, esa ha sido la respuesta las tres veces que he querido verla. — Repuso Albert

El castaño regresó a mirar por el ventanal pensando en lo dicho por su amigo, ¿Acaso lo que había leído era cierto? De ser así, ese sería el motivo para ese matrimonio, el elegante estaba obligado a salvaguardar el honor de la pecosa. Pero ella no era así, los principios inculcados por sus madres, sus convicciones, el amor que le tenía a la tímida, ¡No, Algo no encajaba!, —Cavilaba el joven, atreviéndose a preguntar —Albert, ¿Tú crees que entre ellos…?, el chico no terminó la pregunta, no se atrevía, no podía contarle a su amigo aquello que había leído y pondría en entredicho la reputación de su amada

Acercándose al joven con un vaso de whisky en la mano mirando también por el ventanal, el rubio meditaba lo dicho por el castaño, comentando finalmente —Lo he pensado, Terry, pero hasta el momento no he notado esa complicidad entre ellos que delate ese tipo de intimidad, a la vez que sería un poderoso motivo por el que Annie haya terminado su compromiso intempestivamente y estar tan ofendida para que no quiera saber nada de los Ardlay, ¿No crees? —Concluyó volteando para ver a su interlocutor, quien no apartaba la vista del ventanal

— ¿Terry? ¿Qué pasa? —Insistió Albert. ¿Qué piensas? ¡Terry! ¿Esto que estamos comentando cambia todo lo que me habías dicho? ¿Si Candy y Archie? ¿Tú, ya no…? Decía un tanto desesperado ante la falta de respuesta del inglés—Creeme que, si ella pretende casarse con Cornwell por eso ¡No me importa! ¡Vine por ella porque la amo!, No niego que muero de celos de pensar en ellos dos juntos, —Decía dejando ver un ligero temblor en sus labios, que para el rubio no pasó desapercibido —Pero a pesar de que todo indica que ese es el motivo por el que pretenden casarse, ¡No!, ¡No lo permitiré! Hemos pasado por tantas cosas que no estoy dispuesto a perderla otra vez —Anticipó el actor volviéndose a ver a su amigo con una mirada que destellaba determinación, mientras que el azul de sus ojos se acentuaba.

— ¡Tengo que hablar con ella, Albert! Ya no quiero esperar más, ¡Tengo que saber! —Dijo el hombre más joven —Relájate, tenemos que idear la mejor forma, porque no será tan fácil, conociendo a Candy huirá, por lo pronto te quedarás en una de las cabañas para que nadie de la familia note tu presencia en tanto que planeamos cómo la abordarás, ¿Te parece? Anticipó el magnate —Está bien, pero no hay que tardar mucho, tiene que ser antes de la fiesta de compromiso, que es mañana, asintió el castaño

Terence ya instalado no dejaba de leer y releer las dos hojas que de tanto haber sido estrujadas ahora las alisaba, casi se las había aprendido de memoria, dado que resurgían en su mente a cada momento “…Ella llega a mi habitación como una ninfa una figura casi etérea flotando con su camisón transparente el cual deja ver sus pezones rosados y erectos para mí me sonríe coqueta y sus esmeraldas arden en deseo por mí. Abre sus jugosos labios para pronunciar mi nombre que en ella me suena a gloria…”

Era algo que no podía evitar, imaginaba a su amada tal cual la describía Archie, nuevamente arrugó las hojas aventándolas al piso, levantándose del sofá para buscar un cigarrillo, si eso era lo que necesitaba un cigarrillo para calmar las ansias que tenía de moler a golpes al elegante y borrar de su mente de una vez por todas sus estúpidos sueños líquidos y dejarlo estéril, aunque fuera también en sus sueños, — ¡Imbécil cómo se atreve!, dijo entre dientes mientras buscaba en su maleta un maldito cigarro. Después de la plática con Albert, Terry admitía con impaciencia que sus dudas en vez de esclarecerse se habían incrementado.

Su amigo le aseguraba que en el corazón de Candy solo había espacio para él, pero esa repentina decisión de casarse lo hacía… No sabía, no quería ni pensarlo, la lectura del tan sólo uno de los sueños de Cornwell le quemaba. Sin encontrar el cigarro se dirigió a la recamara azotó la puerta y desanudó su corbata con desesperación, el saco ya había ido a parar al suelo. Por instantes el despecho se hacía presente, había aprendido a no reprimir sus emociones, sino más bien a dejarlas fluir en el momento correcto y ahorita, estando solo en esa cabaña, donde se encontraría con Candy en solo unas horas era el momento para desahogarse, dejar salir la rabia que lo invadía y que hacía que por el momento no quisiera ver a nadie.

Desabrochó los botones superiores de su blanca camisa dejando ver su pecho que, agitado por las emociones subía y bajaba cada vez más rápido, sentía que perdería el control embriagado por la desquiciante incertidumbre del verdadero motivo de esa apresurada boda.

La pregunta de Albert resonaba como un eco dentro de su mente. ¿Y si ese fuera el caso, tú ya no… ya no la querrías? Por supuesto que sí, su amor por Candy iba más allá de un cuerpo impoluto, que gran hipocresía exigir algo que él mismo no podía ofrecer, mientras ella lo amara, mientras su sentimiento fuera recíproco él estaba dispuesto a seguir luchando por ella, a no renunciar de nueva cuenta a lo que tenía más que confirmado que representaba su dicha. Sin embargo, no era ningún santo y jamás había presumido de serlo, era un hombre pasional que mucho luchaba en controlar sus reacciones ante situaciones adversas, ya que esa impulsividad le había traído grandes consecuencias

La copa de whisky que había bebido hacía su labor exacerbando sus sentimientos, despertando sus bajas pasiones. Dejó que la serpiente ponzoñosa de los celos se apoderara de él imaginando como reales las escenas descritas en el diario. Dio uno, dos tres fuertes golpes a la pared. Se derrumbó en el suelo con la cabeza entre sus manos, la castaña cabellera cubriéndole el rostro, mientras temblores de impotencia recorrían su cuerpo — ¿Candy cómo es posible que sacudas mi corazón de esta manera?

De pronto sintió una mano suave en su hombro, era un toque delicado, pero que lo había desconcertado, por un momento deseo con todas sus fuerzas que se tratara de ella, de su pecosa para calmar el hambre que tenía de ella desde hace tiempo y dejar de imaginar cómo sería entrar en su cuerpo con toda su pasión, reclamándola como suya, únicamente suya. Se rehusaba a abrir los ojos por miedo. La persona detrás de él le hizo a un lado su negro cabello para descubrirle el cuello de su abierta camisa que vista desde arriba daba una apetecible imagen de su amplio pecho y bien delineado abdomen.

Sintió la humedad de una lengua sobre la base de su cuello, mientras la redondez de unos pechos se presionaba firmemente contra su brazo y parte de su espalda. Era una caricia atrevida, muy erótica y solo podría ser llevada a cabo por alguien que contara con experiencia previa en las artes de la sexualidad. La mano experta ya se deslizaba por su pecho con dirección al sur. Tuvo aún más miedo de que se tratara de Candy, solo tardó instantes en reaccionar, pero cuando lo hizo su ira se reflejó en sus ojos tomando con desprecio la descarada mano de la dama semidesnuda.

— ¡Elisa! —Dijo al tiempo que se puso de pie aventándola por la intempestiva forma en la que se levantó haciéndola caer de un sentón de manera nada femenina al piso. Ella soltó una carcajada mientras introducía su dedo en su boca y lo chupaba de una manera lasciva.

Cuando Albert y Terry salieron del despacho para dirigirse a la cabaña, estaban tan inmersos en sus comentarios que no se percataron que Elisa Leagan los observaba, incrédula de lo que veían sus ojos, ¿Era Terence Grandchester? ¿Qué hace aquí? ¿A caso lo invitó Candy? Qué cinismo tiene la dama de establo, decía por lo bajo la morena mientras los seguía sigilosamente para ver a dónde se dirigían, su sonrisa endiablada saboreaba con la mirada al inglés en quien el tiempo no había hecho mella, al contrario, estaba más imponente y varonil su figura.

— ¿Qué haces aquí Elisa? — Cuestionó el castaño mirando a la mujer con rabia, coraje, asco y burla al mismo tiempo — ¡Ya sé! Te equivocaste de burdel, ¿Verdad?, Lamento comunicarte que soy selectivo al momento de elegir la compañía de una dama, regularmente no necesito acudir a una mujer pública, así que tus servicios no son requeridos —Comentó el chico en su característico tono burlón y sarcástico. Una vez ya había escupido al rostro a esa joven que, más bien era la representación de una hiena carroñera, la maldad en cada una de sus acciones no tenía límite, pero él ya no estaba dispuesto a tolerar ningún abuso, de Elisa, las Marlow o de quién fuera, había recobrado la fuerza que siempre lo había caracterizado

—No tienes que ser tan patán Terry —Señaló Elisa levantándose torpemente, pero al notar que el actor la miraba, intentó recobrar su porte arrogante —Yo sólo quería darte la bienvenida, ser una buena anfitriona, pero al verte tan dolido y desesperado tuve un momento de debilidad e intenté consolarte — ¿Consolarme tu? ¡Por favor! —Reparó el joven —Para empezar tú aquí no eres más que una advenediza que se beneficia de la fortuna y nombre de los Ardlay, porque los Leagan por más que se esfuercen no cuentan con el mismo prestigio y riqueza, además, hablas de debilidad, pero no sabía que se le llamaba así al hecho de que una señorita de sociedad se ofrezca a un hombre, así que, si no quieres que esto se conozca, lárgate de aquí —Exclamó determinante el castaño tomando a la chica del brazo para llevarla a la puerta

La peli roja movida por la furia que le habían provocado los insultos del inglés se zafó de su agarre para encararlo — ¡Vamos, Terry! Las ofensas de un alcohólico no hacen mella en mí —Reparó la joven que se encontraba frente a frente con ese hombre al que miraba con la ira de un deseo reprimido, ya que siempre fue rechazada — ¿Qué? ¿Vienes para ser testigo del repentino compromiso de la sirvienta con el señorito de la familia? O ¿Para ver si puedes probar ese fruto que ya ha sido disfrutado por otro? —La joven al observar la cara inmutable del actor prosiguió — ¿Qué? ¡No me digas que no sabes, lo que todo el mundo! ¿De verdad, no sabes a qué se debe el apresurado compromiso? ¡Querido, estás atrasado en noticias, si tardas un poco más de nueve meses, encontrarías al producto del compromiso! —Concluyó Elisa soltando una fuerte carcajada

Terry que, a pesar de mantener un gesto impasible, le sorprendió que Elisa dijera eso, ¡Acaso ella sabía algo? O ¿Eran, como siempre sus malévolos pensamientos? Sin esperar más y con su sonrisa de lado se acercó más a la chica, quien no bajaba su mirada felina — ¿Sabes Elisa? Tus negros pensamientos son el reflejo de tu alma, alguna vez pensé que solo eras una chica malcriada, pero después del episodio del colegio y con lo que has hecho hoy, constato que eres un intento de mujer que busca por todos los medios hacer daño, por tus acciones noto tu enorme experiencia en las artes amatorias, así que todo lo que sale de tu boca es bazofia ¿Quieres que crea eso de Candy? ¡Me sorprendes, te creía más inteligente!

Lo que si te comento que ahora no soy aquél chiquillo que no pudo defenderse, ahora no me detendré para decirle a todos los medios lo que has intentado hacer, ¿Qué pasará contigo, entonces? ¡La severa tía abuela te repudiará! ¡No podrás casarte con alguien de tu mismo estrato social! ¡Pobre Elisa Leagan, la misma sociedad te expulsará! —Amenazó el joven que no se había separado ni un milímetro — ¡No te atreverías! ¡Nadie te creería —Interpeló la peli roja — ¡Ponme a prueba! Afortunadamente mi carrera me ha permitido la credibilidad de la prensa —Respondió el castaño que tomándola de nuevo por el codo la llevó a la puerta — ¡Ahora vete y te aconsejaría que no intentes nada, porque entonces sabrás en lo que me convertido ahora —Dijo el hombre sacando a la chica de la cabaña

Elisa estaba más que rabiosa, pero había visto tal determinación en los ojos del inglés que no dudaba que cumpliera con sus amenazas, ni loca pondría en riesgo su buen nombre y las amplias posibilidades de casarse con un buen partido o en su caso perder el apoyo de los Ardlay — ¡Esta bien Terence! Por esta ocasión tú ganas, pero te prometo que no desaprovecharé cualquier oportunidad que tenga para cobrarme tus ofensas —Hablaba la mujer para sí, a la vez que alisaba su vestido y peinaba su cabello mientras se dirigía a la mansión.

Momentos antes, Albert regresó a la cabaña para comentarle a Terry su plan para el encuentro con Candy, así que entró sin llamar, observando al castaño cómo iba y venía en el salón — ¡Ahora! ¿Ya hablas solo? ¡Vaya sí que estas estresado! —Dijo el rubio esbozando una sonrisa burlona para luego continuar —Esta noche a las ocho he citado a Candy, mandaré a personal de servicio para que arreglen todo, ¡Terry! ¡Por favor! Recuerda que lo más importante es saber qué pasó para encontrar la mejor solución, sé que te importa recuperarla, pero si se cierra y no habla no creo que podamos impedir que se comprometa, así que mucho tacto y cautela. El actor no respondió, solo asintió con la cabeza encendiendo su cigarrillo, que por fin había encontrado

Candy ajena a todo esto, se encontraba en su habitación observando la pulsera de perlas que le había dado Albert para que la usara en su fiesta de compromiso, no podía evitar sentirse mal, todo se había salido de control, pensar que ella provocó todo, la tenía sumida en un caos mental y moral, por un lado, estaba Annie, su hermana, a quien lastimó sin proponérselo, Archie, que la amaba, que estaba demasiado entusiasmado, no, no quería romperle el corazón, pero ¿Qué hacer? si el suyo pertenecía a otro hombre, aquél que había dejado después de un abrazo que le desgarró el alma en un hospital en Nueva York

— ¡Terry! Ahora todo está hecho, me casaré, trataré de hacer mi vida con Archie, buscaré ser feliz, espero que tú también lo seas con Susana, mi amor por ti lo guardaré en lo más profundo de mi ser, ¡Tal vez, algún día, en otra vida, en otro espacio podamos estar juntos —Decía la rubia, mientras gruesas lágrimas bajaban por sus mejillas, tendiéndose sobre la cama para llorar libremente, ¿Cómo fue que me metí en este lío? ¡Dios! No puedo, es mentira todo, ¿Cómo puedo ser feliz, pasando por encima de Annie, no amando a mi prometido, pero sobre todo fingiendo que lo he olvidado, ¡No, no puedo hacer esto! ¿Pero qué hago? Proclamó la rubia levantándose bruscamente de la cama, miraba el vestido que usaría al día siguiente y un fuerte escalofrío recorrió su cuerpo, se sentía desesperada, no tenía salida.

Caminó hacia el balcón para inhalar aire, sentía que se asfixiaba dentro de su recamara, tenía una tormenta de sentimientos, no podía creer que el dolor y la desesperanza de aquella noche la llevaran a actuar así por despecho, si el despecho que le recorría sus venas, la impotencia que sentía al no poder responder libremente a Susana sin anteponer el sentimiento de compasión o lástima, si porque a esas alturas ya no sabía lo que la otrora actriz le inspiraba, aquella misiva la descolocó al grado de sentir la necesidad de salir corriendo y olvidarse de ella misma

Recordó que ese día buscaba distraerse para no pensar, se dirigió hacia el ático para revisar aquellas cosas que pudieran servir a los niños del Hogar de Ponny, que Albert ya no necesitaba. Al pasar por el despacho de Albert vio las puertas abiertas, en el escritorio todavía estaba el sobre con la letra de Terry, se acercó para tomarlo, cuando vio la botella de whisky, sin pensarlo tomó un trago, que le quemó la garganta, pero dándose valor tomó otro, ya no le supo tan desagradable, así que decidió llevarse el sobre, la botella y otra más, quería abstraerse de sí, muchos lo hacían, ¡Tal vez el vino si funcione para adormecer todo lo que siento! —Se animó la joven

Sacudió la cabeza, no quería recordar lo que había pasado después. Prosiguió con sus pensamientos. Si, había decidido dejar a Terry para que estuviera con ella, pero nunca pensó que esa chica le fuera a enviar una carta tan lasciva que ese día le había hecho perderse en la locura para lograr el olvido, locura que la colocó en la situación en la que se encontraba ahora. La impresión que tenía de esa chica había cambiado, ahora se daba cuenta que sucumbió a los dotes histriónicos de la peli lacia, dotes que le sirvieron para convencerla de que se apiadara anteponiendo su felicidad a la de ella misma, ¡Pero que tonta había sido! Se decía la ojiverde, que de nuevo entraba en su habitación cerrando la puerta del balcón.

Archie por su parte, estaba inquieto, buscaba en toda su habitación sin éxito, ya había sacado todo lo que había traído consigo, pero no estaba, en días anteriores pensó que lo había dejado en la mansión de Chicago, sin embargo, ahora sabía que no. Momentos antes recibió una misiva de Annie, donde le decía que ella tenía su diario y que pronto le daría un buen uso para vengarse por la humillación que había recibido tanto de él, como de Candy. El apuesto joven, sudaba frío, era verdad, su ex prometida tenía su diario, ese cuaderno en el que había volcado toda la pasión y deseo que su rubia prima le provocaba. No era algo que pudiera leer cualquiera, era toda su intimidad expuesta ante Annie Britter

El joven no sabía qué hacer, ¿Cómo saber qué uso le daría Annie?, ¿Cómo le explicaría a Candy todo eso? Y ¿si por esos sueños al descubierto perdía a su prometida? — ¡Diablos Annie! ¿Por qué me haces esto? ¡Siempre fui sincero contigo, tú sabías que yo he amado siempre a Candice!, no era algo ajeno a ti. Si tus celos no hubieran sido tan enfermizos tal vez yo me hubiese acercado a ti. ¡Ahora, quieres dañarme! Cuando fuiste tú la que hizo el lío más grande ¡Annie, Annie, Annie! No hagas algo de lo que te puedas arrepentir, no dañes a Candy por favor —Se repetía el chico sentado en su cama con las manos agarrando su cabeza, visiblemente abatido.

A kilómetros de distancia en el hospital Monte Sinaí Susana Marlow recobraba el conocimiento, preguntando por su madre. El hecho fue informado al Duque de Grandchester, quien junto con Eleanor se dirigieron inmediatamente al nosocomio para enterarse del estado de salud de la joven.

— ¡Richard! —Dijo con tono suave Eleanor, ¿Qué pasará con la madre de Susana? ¿Por qué no la llevaron a la comandancia de policía? El duque esbozó una media sonrisa que a la mujer le recordó a la que emulaba su hijo —Querida, esa mujer necesita un escarmiento, pero no te preocupes, está bien, sólo que aislada para que piense bien lo que hace y lo que hará —Respondió el apuesto hombre mirando de reojo la expresión complacida de la diva

La hora se acercaba, Terry estaba nervioso, no sabía cuál sería la reacción de su pecosa, estaba colocándose el moño del esmoquin y finalizaba rociando su loción, acomodó sus mancuernillas y apagó la luz. Candy tocó a la puerta de la cabaña, pero ésta estaba entre abierta, así que decidió pasar, al entrar quedó maravillada con la mesa que estaba decorada con velas encendidas, la semioscuridad daba un toque romántico al comedor, el fuego de la chimenea estaba encendido, todo parecía preparado para una cita, la joven pensó que Albert había citado también a Archie porque no le encontraba sentido a lo especial de la velada, así que sin más con un tono de voz un poco elevado preguntó — ¡Albert! ¿Qué es todo esto? Estás jugando, ¿verdad?, ¡Anda sal!

La chica trataba de ver en la penumbra a su amigo, pero no lo conseguía, ya se dirigía a la puerta cuando escuchó —No está Albert, estoy yo pecosa y esto lo preparé para ti, Candy se quedó paralizada, — ¡Esa voz, esa voz! Se repetía, mientras sentía como toda la piel se erizaba ante la posibilidad de que fuera él…

Continuará…



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